Fundación Camino de Emaus

Alimento Espiritual

Dios se hace sentir en nuestro corazón

Muchas veces queremos hacer una cosa, pero el corazón nos dice que hagamos otra. ¿Qué hacer? ¿Cómo estar seguros de que es el corazón y no la imaginación la que nos habla? Debemos decidir a quién vamos a seguir: si a nuestro querer o al sentir de nuestra conciencia. Es más fácil obedecer al querer, porque generalmente contempla razones, parece tener sentido común, busca corresponder a la satisfacción del yo y grita más fuerte

El corazón habla por medio del sentir, no da razones ni permite cuestionamientos… Es así, y muchas veces va en contra de las leyes de la lógica. ¿Cómo saber si lo que sentimos es lo que Dios quiere y no fruto de nuestro orgullo, de nuestra vanidad o de nuestro egoísmo? Es muy fácil. Si lo que sentimos está conforme a los mandamientos del Señor, entonces viene de Dios. Si lo que sentimos no ofende, ni es una falta de caridad hacia el prójimo, entonces viene de Dios.

Si lo que sentimos es a favor de un bien espiritual para nuestra propia persona o para los demás, entonces viene de Dios. Dios no va a iluminar el corazón con sentimientos que nos hagan pecar ni una necesidad que, para satisfacerla, haya que ir en contra de Sus Mandamientos.

Dios no siempre va a poner en el corazón, los sentimientos que la persona esté esperando, sino que va a tratar de conducirla, por el camino del plan trazado para ella. Indiscutiblemente tenemos que dudar de la procedencia del sentir cuando siempre nos favorece, cuando en todas las ocasiones somos las víctimas y los responsables son los demás, cuando no hay una corrección hacia nosotros mismos, cuando siempre estamos exentos. Entonces es un sentir enraizado en el ego y no en el corazón de Dios.

“Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo”

Juan 16, 13

(Extraído del Libro “Lucas 5, 4-5” (El Árbol) editado por Fundación Camino de Emaús)
http://www.caminodeemaus.org.ar/libros/libro4/libro.html


Dios es sanador

Dios es el dueño de toda la plantación, desde las semillas que crecieron como grandes árboles, hasta de los árboles que no han logrado echar sus raíces. Es el encargado de cuidar la plantación de las plagas de bichos, de virus y de bacterias. Pero el servicio de Dios es diferente de los que conocemos. Dios posee un producto que mata todo lo que arruina al árbol, pero para recibirlo, hay condiciones:

Primero: que el árbol se dé cuenta de que tiene una enfermedad.

Segundo: que el árbol desee curarse. Muchas veces no tenemos intensión de curarnos porque no vemos el mal oculto que está en la raíz; por lo tanto, no recibimos los nutrientes necesarios para florecer y dar frutos

A veces nos juzgamos demasiado benevolentes con nosotros mismos, sólo consideramos nuestros logros, éxitos, lo que se ve, pero no tenemos en cuenta nuestro interior.
A veces para poder embellecer nuestro interior, la gracia de Dios actúa como un jardinero que poda las ramas frondosas del árbol, lo trasplanta a una tierra más fértil, lo fumiga y lo sana; pero el árbol se ve pobre de belleza, se ve pobre de grandeza y no se siente sanado sino humillado. En ese estado, desconfía de Dios o pide más ayuda a Dios, intentando cambiar su realidad. No termina de aceptarse en esas condiciones.
Pero Dios, que no se deja llevar por nuestros caprichos y ganar en generosidad y misericordia, sigue con una nueva savia alimentando nuestro árbol interior. Él tiene una sabiduría que no se puede comprender con nuestra limitada mirada, sólo debemos tener fe en su amor incondicional y ponernos en sus manos.

“Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. “Que los pecadores purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará”.

Santiago 4, 8-10

(Extraído del Libro “1 Corintios 5, 7” páginas 41-42, Fundación Camino de Emaús)


Necesitamos un cambio radical y sincero

Muchas veces queremos cambiar, pero no sabemos cómo hacerlo, no encontramos la manera de decir "basta, necesito ser una persona nueva", nos encontramos con muchos "peros". Muchas veces, las acciones del pasado nos impiden continuar, atándonos a actos que nos han dejado expuestos ante otras personas, y no podemos cambiar pues estamos sujetos a una imagen que ya se han forjado los demás de nosotros. Necesitamos saber cómo transformarnos, qué decisiones tomar para que ese "basta" sea eficaz.

En ocasiones, cuando queremos cambiar, nos sentimos como un perro que ha estado atado toda su vida a un árbol, y un día le cortan la soga que lo mantenía atado y ya no sabe cómo comportarse ni adónde ir. Y si hemos hecho muchas macanas en nuestra vida, ese cambio no parece creíble, ni siquiera para nosotros mismos. Necesitaríamos un cambio radical y sincero para vernos a nosotros mismos como personas renovadas y diferentes. En el Evangelio, nos cuentan la historia de Zaqueo:

"Allí había un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura."

Lucas 19, 1-10

Muchos nos parecemos a Zaqueo, queremos saber quién es Jesús, pero no sabemos cómo, pues "no tenemos la altura necesaria para verlo". Nuestros egoísmos y nuestra soberbia nos ciegan, y no podemos ver la mirada de amor de Jesús. Nuestro deseo es grande, pero nos sentimos imposibilitados de llegar a Dios, vemos que hay otros más "altos" y con más posibilidades que nosotros para estar con Él.
Frente a esto, nos podemos quedar con nuestra incapacidad pensando "soy bajito, no llego” y decidir irnos a nuestra casa para no sentirnos humillados por los que son más "altos". También podemos quedarnos en ese lugar, pero con la actitud de derrota, sintiendo que todos pueden hacer algo que nosotros no. Todo dependerá de lo que llevemos dentro.

(Extraído del Libro “1 Corintios 5, 7” páginas 33-34, Fundación Camino de Emaús)


En la entrega, está la felicidad interior

En el Evangelio, Jesús nos enseña con sus actitudes y sus palabras, que respeta nuestros tiempos y nos espera, pero no nos espera pasivamente; es una espera activa. Dicha espera se puede comparar con la espera de un jardinero, que ha sembrado una semilla de naranjo, que vela por ella y cuando la planta crece, la cuida del frío, de las plagas y de los hongos, que la puedan estropear. Nosotros somos como esas plantas, y Jesús, que es el jardinero perfecto, nos cuida y protege. Pero hay una gran diferencia, y es que nosotros muchas veces utilizamos nuestras ramas, para sacar los fertilizantes que Él, con empeño, puso en nuestra tierra.

Muchas veces no nos dejamos limpiar los hongos que han crecido en nuestras hojas.

Otras veces no dejamos que el agua que usa para regarnos penetre y dé vigor a nuestro corazón. Muchas veces ponemos barreras, pero Él no se deja vencer y espera a que llegue el momento apropiado.

Para que Jesús actúe en nuestra vida y nos dé la Gracia de la conversión, necesitamos demostrarle, con hechos concretos, que verdaderamente, de corazón, queremos entregarnos a Él, que queremos cambiar nuestra vida y dejar atrás los vicios, las miserias y las actitudes que nos alejan del camino de conversión, que queremos sacarnos los vestidos viejos, para recibir las vestiduras interiores de la Gracia de Dios…

"Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden…”

Mateo 9, 17

Él quiere que dejemos atrás los cacharros viejos para recibir los nuevos y tener dónde depositar la Gracia de Su Sabiduría.
¿Acaso pondríamos el mejor vino en un barril que pierde por tres agujeros? No, no querríamos que nada se desperdiciara; lo mismo ocurre con Dios: Él quiere que nos transformemos por dentro para que aprovechemos toda Su Gracia y que ésta no quede desperdiciada en las grietas de nuestros defectos, vicios y ataduras, para poder así, evitar que se vaya por las aberturas de nuestras "redes".

(Extraído del Libro “1 Corintios 5, 7” páginas 30-33, Fundación Camino de Emaús)


La lucha entre la mente y el corazón

Muchas veces sentimos que tenemos que tomar ciertas decisiones, pero pensamos que no es el momento oportuno. Los sentimientos y los pensamientos pugnan por dominarnos. Por eso, es tan importante el discernimiento y la oración, para poder tomar la decisión correcta.

Es frecuente que la mente pida razones, que pregunte, quiera respuestas, cuestione, que no se someta. Como el motor de la mente es la inteligencia, el hombre muchas veces pone su confianza en la inteligencia más que en Dios.

Seguir el corazón, muchas veces es caminar sin conocer el camino, pero también nos puede engañar ya que podemos creer que conocíamos el camino y un día darnos cuenta de que era un simple “oasis”.

Seguir el corazón es confiar en que hay alguien más alto, más grande, más omnipotente, más inteligente y que todo lo ve, todo lo conoce, todo lo sabe, todo lo prevé, y que si lo dejamos, va a prever en nuestras vidas un bien mayor a nosotros mismos, pues Él ya tiene planes para con cada uno de nosotros.

“Y aquel que penetra los secretos del corazón humano conoce los anhelos del Espíritu e intercede por los santos de acuerdo con la voluntad de Dios”.

Romanos 8, 27

(Extraído del libro “Crecer en la Fe”, Fundación Camino de Emaús, página 16)


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