Fundación Camino de Emaus

Alimento Espiritual

La tierra de nuestro corazón

Llega diciembre y entre exámenes, proyectos de vacaciones, despedidas sociales, la preparación para la navidad, nos perdemos en las cosas de este mundo, nos perdemos la atención a lo más importante: el significado de este momento.

A lo mejor, hoy no podemos darle el valor que tiene dicho significado, y por eso no sentimos que perdemos la atención… quizás ni siquiera nos inquieta no sentirlo…

Pero la realidad es que Jesús nacerá para cada uno de nosotros y lo hará en el lugar que cada uno le de.

¿Cómo es la morada interior que tengo para ofrecerle al Señor?

¿Cómo creo que la puedo arreglar, preparar, para que el día de Navidad sea un encuentro íntimo y diferente con el bebé-Dios, que viene a darnos la semilla de felicidad: Su Corazón?

“Así habla el Señor: -El cielo es mi trono y la tierra, el estrado de mis pies.
¿Qué casa podrán edificarme ustedes y dónde estará el lugar de mi reposo?-“

Isaías 66, 1


Mes de la Virgen de la Medalla Milagrosa

En el mes de la Virgen de la Medalla Milagrosa, queremos compartir con ustedes su historia y significado. El 27 de noviembre de 1830 se apareció la Santísima Virgen a Santa Catalina Labouré, una humilde religiosa Vicentina. Nuestra Señora le dijo entonces a Sor Catalina:

"Este globo que has visto es el mundo entero donde viven mis hijos. Estos rayos luminosos son las gracias y bendiciones que yo expando sobre todos aquellos que me invocan como Madre. Me siento tan contenta al poder ayudar a los hijos que me imploran protección. ¡Pero hay tantos que no me invocan jamás! Y muchos de estos rayos preciosos quedan perdidos, porque pocas veces me rezan".

Entonces alrededor de la cabeza de la Virgen se formó un círculo o aureola con estas palabras: "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a tí".

Y una voz dijo a Catalina: "Hay que hacer una Medalla semejante a esta que estás viendo. Todas las personas que la lleven, sentirán la protección de la Virgen", y apareció una M, sobre la M una cruz, y debajo, los corazones de Jesús y María. Lo que hoy es la Medalla Milagrosa.

En este tiempo de gracia en que la Iglesia celebra el mes de María, le pedimos a nuestra Madre querida, que nos aliente y anime a seguir las huellas de su hijo, dándonos calor y cobijo con su santo manto protector.


¿En qué radica nuestra grandeza?

El ser humano posee un valor inmenso como criatura, porque Dios lo hizo a Su Imagen y Semejanza. Muchas veces, para encontrar su valor y su grandeza, busca superar los límites de sí mismo y hasta los de la naturaleza.

Cristo se hizo semejante a nosotros y Él nos mostró Su Grandeza desde la Cruz. ¡No lo olvidemos!

Grande es quien soporta las humillaciones con amor y perdón, no el que más humilla.
Grande es quien puede amar a quien lo aporrea, no el que contraataca más astutamente.
Grande es quien puede tener las manos vacías y el corazón lleno, no el que posee bienes materiales.
Grande es quien puede dominar su lengua, no quien se anima a usar su filo, caiga quien caiga.
Grande es quien no necesita curtir su intelecto para sentir superioridad, y no quien esconde su vulnerabilidad, tras el conocimiento cultural.
Grande es quien puede permanecer en la verdad, a costa de sufrir el precio que esta le traiga.
Grande es quien reconoce en la Palabra de Dios, la Grandeza de su vida.
Grande es quien puede unir el proyecto de Dios a su proyecto personal.
Grande es quien puede ver en las tormentas, la calma del Señor.
Grande es quien puede ver en la oscuridad, la Luz de Dios.
Grande es quien puede sentir en su corazón un pedacito de la Promesa Eterna.

Cristo quiere que nos asemejemos a Él, quiere que seamos grandes…. Pero para eso hay un secreto: para sentir la grandeza de Dios, primero debemos sentirnos pequeños.

“Les asaltó el pensamiento de quién de ellos sería el mayor. Pero Jesús conociendo sus pensamientos, tomó a un niño, lo colocó a su lado, y les dijo: - ”Quien reciba a este niño en mi nombre, a mi me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado, pues el menor entre vosotros, ése es el mayor.”

Lucas 9, 46-48

(Extraído del libro “1 Corintios 5,7”, Fundación Camino de Emaús, página 66-67)


¿Elegimos el cristiano que queremos ser?

Podemos ser como un árbol destinado a dar fruto, como el naranjo. Podemos procurar de un jardinero que lo pode, lo riegue, lo cuide de los bichos, lo nutra, pero podemos encontrar que, aún así, año tras año, no crece el fruto. Seríamos como una persona que recibe al Espíritu Santo, pero no vive según sus mandamientos.

Podemos ser como otro árbol que el jardinero riega y da fruto; lo nutre y da el doble de frutos; lo poda y da el triple: Es aquel que recibe al Espíritu Santo y vive de corazón según los mandamientos. Podemos ser como un tercer árbol, que no llama al jardinero, ya que ha recurrido una vez a él y ha dado frutos. Entonces, conformes, no lo podan ni lo nutren ni lo riegan, pues como ya lo han hecho, ha guardado sus reservas. Da fruto, pero éste no es sabroso, no tiene jugo ni sabor. Hace tanto que no lo renuevan que ha olvidado cómo es el verdadero fruto. Y se ha acostumbrado a ese. Es la persona que vive según los mandamientos, pero que no se abre al auxilio del Espíritu Santo. Le falta la alegría de la Esperanza y la Fortaleza de Dios.

Todos los árboles son amados y deseados por Dios; pero Él quiere que demos el ciento por uno en esta vida. Cada uno decide qué árbol ser.

El jardinero no hace la diferencia, sino que la hacemos nosotros con nuestras prioridades. Cada uno elige, y debe hacerlo con responsabilidad y libertad, pues luego vive las consecuencias de su elección.

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto,
porque separados de mí, nada pueden hacer.
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca;
después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras en ustedes,
pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante,
y así sean mis discípulos.”

Juan 15, 5- 8

(Extraído del libro “1 Corintios 5,7”, Fundación Camino de Emaús, página 26)


¿Cuándo se enferma el alma?

El alma se enferma cuando habita el pecado en ella; cuando al corazón espiritual no se lo mantiene limpio con el amor de Dios, se siembran en él, semillas de pecados que lo comienzan a enfermar. Estas semillas son el egoísmo, la soberbia, el orgullo, la vanidad, la avaricia, la autosuficiencia, y todo aquello que nos hace elevarnos por encima de Dios y los demás.

La incapacidad para dar y recibir amor, es el síntoma más grave que aparece por la presencia de estas semillas en el corazón.

Estas semillas son sembradas y, como en toda siembra, crecen convirtiéndose en grandes plantas y llegado el momento, dan frutos si la tierra y el medio así lo permiten. Como todo fruto, tiene su proceso: al principio de la enfermedad, las semillas crecen silenciosa y paulatinamente en el interior de la persona; para luego de un tiempo, llegar a convertirse en grandes plantas. Esto significa que comienzan a salir hacia el exterior, que se expresan; es decir, que queda afectado el actuar. Por ejemplo, la persona que en su corazón fue gestando la semilla de la avaricia, en esta instancia de la enfermedad, actúa con avaricia. Es así que de a poco, comienza a morir todo lo bueno que hay dentro, como que las miserias comienzan eclipsar todas las virtudes, talentos, capacidades y bondades que toda persona tiene dentro.

La persona cuando está enferma espiritualmente, no es fuerte para rencor, bronca, odio, resentimiento y de miedos, consecuencia de la incapacidad para amar, de recibir amor y perdonar.

Las personas cercanas, especialmente familiares y amigos, notan cambios y pueden reaccionar frente a ellos; es por eso, que la convivencia, el diálogo y el trato mismo, se pueden tornar tan difíciles, que comiencen a dañar los vínculos afectivos.

En síntesis, la enfermedad del alma, es el origen de muchas crisis personales y familiares, empezando por los matrimonios.

“Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: - Señor, si quieres, puedes purificarme -. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: - Lo quiero, queda purificado -. Y al instante quedó purificado de su lepra”.

Mateo 8, 2-3

(Extraído del libro “Crecer en la Fe” - Fundación Camino de Emaús, páginas 18 y 19)


Pagina 3 de 4 1234